Si a pesar de todo no sale de ti como una explosión no lo hagas al menos que salga, sin reclamarlo, de tu corazón, tu mente, tu boca y tus vísceras no lo hagas si tienes que sentarte horas mirando fijamente el monitor o encorvado sobre tu máquina de escribir buscando palabras no lo hagas si es por dinero o por fama no lo hagas si es porque deseas mujeres en tu cama no lo hagas si tienes que sentarte y editarlo una y otra vez no lo hagas si pretendes escribir como alguien olvídalo si tienes que esperar que salga como un rugido entonces espera pacientemente si nunca sale de ti como un rugido dedícate a otra cosa si primero se lo lees a tu esposa a tu novia o novio a tus padres o a quién sea no estás listo no seas como tantos escritores no seas como miles de personas que se dicen escritores no seas aburrido, fastidioso y engreído que no te consuma el amor propio las librerías del mundo duermen en sus bostezos por tipos como tú no te incluyas allí a no ser que salga de ti como un cohete a no ser que tu letargo te arrastre a la locura al suicidio o al asesinato no lo hagas a no ser que el sol que llevas dentro te queme las entrañas no lo hagas cuando llegue el momento de verdad y seas elegido eso aparecerá por sí mismo y así continuará hasta que mueras o fenezca dentro de ti no hay otro camino nunca lo habido.
If you are going to try, go all the way. Otherwise don’t even start. This could mean losing girlfriends, wives, relatives, jobs and maybe your mind. It could mean not eating for 3 or 4 days. It could mean freezing on the park bench. It could mean jail. It could mean derision. It could mean mockery, isolation. Isolation is the gift. All the others are a test of your endurance, of how much you really want to do it. And you’ll do it. Despite rejection and worst odds and it will be better than anything else you can imagine. If you’re going to try, go all the way. There is no other feeling like that. You will be alone with the gods. And the nights will flame with fire. You will ride life straight to perfect laughter, it’s the only good fight there is.
Aquella escena en la tienda se me había quedado grabada. Aquellos puros, los trajes lujosos. Pensé en buenos solomillos, largos paseos en magníficos automóviles metiéndose por carreteras privadas que llevaban a hermosas mansiones fastuosas. Relajo. Viajes a Europa. Mujeres de primera. ¿Eran ellos mucho más inteligentes que yo? La única diferencia era el dinero, y su deseo de acumularlo. ¡Yo también tenía tal deseo! Ahorraba mis perras chicas. Pero tenía una idea. Pediría un crédito. Yo contrataría y despediría a la gente. Tendría un escritorio de caoba lleno de botellas de whisky. Tendría una mujer con pechos de la talla 40 y un culo que haría que el chico de los periódicos de la esquina se corriese en los pantalones cuando lo viera contonearse. Yo la engañaría con otras y ella lo sabría y no diría nada para poder seguir viviendo en mi casa gozando de mi fortuna. Despediría a hombres sólo por advertir una leve sombra de disgusto en sus caras. Despediría a mujeres que no se esperaban que yo las fuese a despedir. Eso era todo lo que un hombre necesitaba: esperanza. Era la falta de esperanza lo que hundía a un hombre. Recordaba mis días en Nueva Orleans, viviendo de dos barritas de caramelo de 5 centavos al día durante semanas con tal de no trabajar y tener tiempo para escribir. Pero el morirse de hambre, desgraciadamente, no ayuda a mejorar el arte. Sólo era un impedimento. El alma de un hombre estaba radicada en su estómago. Un hombre podía escribir mucho mejor después de haberse zampado un buen solomillo de ternera y bebido medio litro de whisky de lo que jamás podría hacerlo después de haber comido una barrita de caramelo de a níquel. El mito del artista hambriento era una falacia. Una vez que te dabas cuenta de que todo era una falacia, conseguías la sabiduría y empezabas a sangrar y a arder en llamas y a romper tu ser en explosiones. Yo construiría un imperio con los cuerpos fracturados y las vidas de los hombres sin esperanza, mujeres y niños... Les impulsaría a todos ellos a lo largo de todo el camino. ¡Les enseñaría!
«Algún día comenzará mi baile. Cuando llegue ese día, yo tendré algo que ellos no poseen.» Charles Bukowski
Siete años pasaron y decidió darle una segunda oportunidad. Sus amigos, los que no fueron y que ahora eran, lo esperaban en el nuevo bar del que todos hablaban. Vamos a ese bar del que todos hablan –le dijeron-. Ahora ese “todos” lo incluía, siete años antes no estaba en ninguna totalidad. Siete años antes tiene miedo de asistir a la fiesta de graduación, algo le dice que no está invitado, lo está, pero no lo siente. Se acerca en mitad de la noche y mira hacia el interior:
Todas las chicas parecían adultas, majestuosas, amorosas en sus vestidos largos; todas eran bellas. Y los chicos enfundados en sus esmóquines tenían un aspecto formidable, bailando todos tan erguidos, cada uno de ellos sosteniendo a una chica en sus brazos y con sus caras aplastadas contra el pelo femenino. Todos danzaban magníficamente y la música sonaba límpida, fuerte y hermosa. Todo era natural y civilizado. ¿Dónde habían aprendido a conversar y bailar? Él nunca pudo conversar ni danzar. Todo el mundo sabía algo que él desconocía.
Siete años pasaron, ahora bebe un ruso negro en el bar que le habían mencionado. Estaba en la cima del mundo –al fin- y quienes eran y antes no fueron, lo miraban con envidia, él lo sabía, todos lo sabían. Al fin había certeza de algo, después de tantos años, después de siete. La música suena y ahora se atreve a cantar, su novia –lejos la más guapa de todo el bar- lo mira desde la mesa, él vuelve, se acerca, ella se levanta y la besa, sus amigos lo odian. Hay algo que él sabe y ellos desconocen. Sus oficinas, sus casas en barrios ridículos, sus viajes, no les sirven en este momento. Los que eran lo saben, él lo sabe.
Se acaba la noche -grandes anécdotas- algo cambió para siempre. Ellos hablan lo mismo de antes, pero ahora no le parece terrible, ahora lo comprende. Los mundos se unieron y él lo sabe. Comienzan a despedirse y alguien tiene la idea de ir a bailar. Siete años pasaron, pero el alcohol convierte en una buena idea volver a ir al mismo club donde se graduaron, él los sigue en auto, busca un lugar para estacionar y lo encuentra.
Siete años pasaron, ésta vez ingresa y baila y aplasta su rostro contra el pelo de su novia. La huele, se siente vivo. -Nunca pensé que bailarías tan bien Henry, -dice uno de los que eran-. Siete años pasaron y estaban en el mismo salón, el mismo baile… ellos hablan lo mismo de antes, se ven fenomenales igual que antes, igual que siete años antes. Henry toma a su novia de la mano –ella lo acompaña- huyen de los que nunca fueron, ni serán. Todo el mundo lo mira, todo el mundo sabe algo que él sigue desconociendo.
Me desperté deprimido. Miré el techo, las grietas del techo. Vi en ellas un búfalo que se lanzaba sobre algo. Pensé que era sobre mí. Luego vi una serpiente con un conejo en la boca. El sol entraba a través de las rajas de las persianas y formaba una esvástica en mi vientre. El agujero del culo me escocía. ¿Sería que tenía otra vez hemorroides? Tenía el cuello rígido y la boca me sabía a leche agria.
Me levanté y fui hacia el cuarto de baño. Odiaba mirarme en aquel espejo pero lo hice. Vi depresión y derrota. Unas bolsas oscuras debajo de los ojos. Ojillos cobardes, los ojos de un roedor atrapado por un jodido gato. Tenía la carne floja. Parecía como si le disgustara ser parte de mí. Las cejas retorcidas para abajo parecían enloquecidas, unos pelos de cejas enloquecidas. Horrible. Tenía un aspecto asqueroso. Y ni siquiera tenía ganas de mover el vientre. Estaba atrancado. Me dirigí al retrete a mear. Apunté bien pero no sé por qué salió de lado y se estrelló en el suelo. Intenté apuntar mejor y meé toda la tapa del retrete que me había olvidado de levantar.
Arranqué un buen pedazo de papel higiénico y lo limpié. Limpié el asiento. Eché el papel dentro de la taza y tiré de la cadena. Fui a la ventana, miré hacia afuera y vi una cagada de gato en el tejado de la casa de al lado. Luego me di la vuelta, busqué el cepillo de dientes, apreté el tubo. Salió demasiado. Rebasó el cepillo y cayó al lavabo. Era verde. Era como un gusano verde. Metí un dedo, cogí un poco, lo puse en el cepillo y empecé a cepillarme. ¡Dientes! ¡Vaya una maldita cosa! Tenemos que comer y comer y volver a comer. Somos asquerosos, condenados a nuestros pequeños y sucios hábitos. Comer y tirarse pedos y rascarse y sonreír y marcharse de vacaciones.
Terminé de cepillarme los dientes y me volví a la cama. No me quedaba ninguna energía, ningún ánimo. No era más que una chincheta. Un pedazo de linóleo. Decicí quedarme en la cama hasta mediodía. Quizá para entonces la mitad del mundo se habría muerto y sería sólo la mitad de duro de sobrellevar. Quizá si me levantase a mediodía tendría mejor aspecto, me encontraría mejor. Una vez conocí a un tipo que no defecaba desde hacía días. Al final simplemente explotó. De verdad. La mierda le salió volando de la barriga.
Luego sonó el teléfono. Lo dejé sonar. Nunca contesto al teléfono por la mañana. Sonó 5 veces y luego paró. Ya. Estaba a solas conmigo. Y como era asqueroso, era mejor que estar con otra persona, con cualquier persona de las que andan por ahí con sus penosas triquiñuelas y juegos de manos. Me subí las mantas hasta el cuello y esperé.
Escritor y Periodista. Convencido de que todo está en las convicciones. Recupero causas perdidas. Tengo un magíster en Comunicación Estratégica, escribo en la Revista Tell Magazine. Soy feliz, no tomo muchos remedios, me gusta hacer deporte y ver películas. Tengo twitter es: @vbascur ahí digo algunas cosas que se contradicen con otras que dije antes o diré después. Me gustaría que mis hijos pudieran recibir una gran educación en un colegio público. No aspiro a ser millonario y a veces me gusta la idea de que mi papel en esta vida sea poner la vida en el papel.